La extrañeza

La extrañeza de una casa nueva es una de las sensaciones que más me ha sacado de mí misma en muchos años. Vivir en un nuevo espacio en el que hay que buscar un lugar para cada cosa donde casi no lo hay. Lograr sentirse en un hogar sin dedicar medios ni energía en algo que sabes que va a durar solo unos pocos meses. Es como una aventura y tengo suerte de que me haya coincidido en verano, cuando estoy de vacaciones y puedo romper la rutina y no me preocupa tanto tener todo bien organizado.

El día que llegamos a este piso, las gatas no salieron de su transportín durante horas (sí, ese transportín en el que hay que hacer verdaderos malabarismos para meterlas). Por más seguras que se sientan cuando están las dos juntas y aunque sepan que están protegidas por nosotros, ante un nuevo espacio todo es desconfianza.

Yo no llego a tanto, claro, pero hay algo aquí que me hace sentir extraña. Y creo que ese algo entra por los sentidos más irracionales, por el olfato y el oído (eso también les pasa a los gatos :) Después de tres meses aquí, sigo notando que la casa no huele a mí. Y me siguen sonando muy raros los graznidos de las gaviotas (¿se llaman graznidos los gritos que pegan?)

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